FRIVOLITÉ: Indumentaria del siglo XVIII. Colección del Museo San Telmo

FRIVOLITÉ: Indumentaria del siglo XVIII. Colección del Museo San Telmo

24 de Junio del 2017 - 28 de Enero del 2018

 
 
FRIVOLITÉ
Indumentaria del siglo XVIII
 
 
Un paseo por los gustos cortesanos de una época compleja, refinada, excesiva, galante, exótica, sensual… frívola.
Una exposición para perder la cabeza.
 
 
La colección de indumentaria del siglo XVIII del Museo San Telmo se caracteriza por ofrecer un abanico amplio y variado de prendas difíciles de hallar en museos no especializados. La mayoría pertenecen a la alta sociedad y algunas de ellas destacan por la excelente calidad de sus tejidos y bordados, particularidades que permiten evocar la “frivolité “ de una clase cortesana, galante, refinada, exótica y sensual.
 
Sin embargo, el paso del tiempo ha dejado huella en estas prendas que con frecuencia se arreglaban cuidadosamente para seguir las nuevas modas. De hecho, existen datos que evidencian su “reciclaje” posterior como trajes de disfraces, indumentaria teatral u ornamentos eclesiásticos.
 
La vulnerabilidad y fragilidad de estos trajes históricos han puesto de relieve la necesidad de realizar trabajos de restauración y adoptar medidas adecuadas de conservación que garanticen su continuidad en el tiempo.
 
 
SANTIAGO ARCOS UGALDE (Santiago de Chile, 1852- Donostia, 1912) 
 

Santiago Arcos, pintor chileno que vivió sus últimos años entre San Sebastián, Urrugne y Hernani, inició su formación académica en L’Ecole des Beaux Arts de París y en el taller del pintor Léon Bonnat, frecuentando además el que dirigía el afamado pintor Raimundo de Madrazo. Buen retratista, se decantó por el género costumbrista, aunque trabajó también en temáticas religiosas y de historia, así como en la ilustración de libros de muchos escritores franceses de su tiempo. Tras el fallecimiento de su padre en 1874 quedó como heredero de un gran capital.

En los años 40 del siglo XX, su mujer, Concepción Cuadra y Viteri, en nombre de su marido, donó al Museo San Telmo 21 trajes de época que hoy forman parte de esta exposición. El trabajo de documentación realizado en torno a su figura plantea diferentes hipótesis sobre los motivos que le llevaron a hacerse con esta colección. En pintores con recursos económicos, como era el caso de Santiago Arcos, y dedicados al género costumbrista era frecuente la compra de antigüedades, objetos decorativos y de vestuario de época para ataviar a sus modelos e ilustrar sus cuadros. Además, su posición social le permitió participar activamente en la organización de bailes de trajes de época, evento que alcanzó
gran éxito y transcendencia entre las elites. En este acto social, la indumentaria pasaba a ser el centro del espectáculo y su composición y acierto podían ser largamente celebrados o, por el contrario, criticados sin misericordia. Es probable que el pintor adquiriese esta vestimenta del Teatro Virginie Déjazet (París). El nombre de V. Déjazet que aparece en una de las chupas nos remite a una famosa actriz del siglo XIX y propietaria del teatro, con quien pudo coincidir Santiago Arcos en su juventud.

VIRGINIE DÉ JAZET (1798-1875)

 
Esta prenda lleva inscritas las palabras: THE[ât]re V. Déjazet. Tras ellas se esconde la historia de una prestigiosa actriz parisina.
Virginie Déjazet nació en París en 1798 y actuó en diversos teatros hasta llegar al Palais Royal, donde alcanzó gran prestigio y reconocimiento. Con una habilidad destacable para disfrazarse, especialmente de varón, se movía dentro de sus trajes con total
desenvoltura. Poco dócil y comprometida con los que menos tenían, se reía de los halagos de sus admiradores y ni tan siquiera Alejandro Dumas pudo convencerle para que protagonizara «La dama de las camelias”. Su éxito más notable fue la canción de amor «La Lisette de Béranger» compuesta por Frédéric Bérat y cantada de memoria por los jóvenes de París. Murió en Belleville en 1875. El Theâtre Virginie Déjazet de París perpetúa su nombre.
 
 
UNA MODA PARA PERDER LA CABEZA
 
 
LA SEDA
 
Con la llegada de Luis XV la seda fue el tejido más empleado en la confección de trajes de moda a la francesa. Particularmente los producidos en los miles de telares diseminados por Lyon, se ganaron una reputación de máxima calidad y sustituyeron a los productos de seda italianos que habían dominado el mercado en el siglo anterior. La seda se teje en un telar de urdimbre y trama y diversos factores, tales como el grosor del hilo, su torsión y la forma en que se entrecruzan en el telar, determinarán el tejido de seda resultante: tafetán, raso o satén, brocado, damasco…
 
CHUPAS DE FANTASÍA
 
El bordado estaba presente en muchas prendas tanto masculinas como femeninas. Además de embellecerlas, empezaron a adquirir la función de evocar y representar toda una variedad de actos políticos, sociales y artísticos, así como a manifestar el gusto personal por los viajes, el amor o el exotismo. Así, en 1786 se puso de moda comprar chupas con escenas de las comedias más aplaudidas, como las Bodas de Fígaro, Ricardo Corazón de León, etc. La variedad de diseños nos habla de la costumbre extendida entre los hombres de utilizar una chupa en función de la ocasión.
 
EL COLOR
 
Los colores aparecían y desaparecían según la mod
a del momento. Los pasteles del delicado rococó fueron desbancados por tonos que van desde el granate hasta el tono parduzco, casi morado, que empezaron a llamar “color de pulga”. En París hubo un verdadero furor por poner a los colores de moda los nombres más extravagantes; así para distinguir los matices del amarillo y del verde usaron expresiones como “vertedero de cocina”, “basura de las calles”, “humo de Londres”, “pierna de ninfa”, “mono envenenado”, “español enfermo”, “amiga triste”, “pulga calenturienta”, etc.
 
PERVERSA SEDUCCIÓN

Las barbas de la ballena se convirtieron en el material más apreciado para la fabricación de los corsés por su flexibilidad, resistencia y durabilidad. Las mujeres, desde su infancia, lo usaron tanto de noche como de día provocando que médicos de la época lo cuestionaran
en vano por su acción perjudicial. También filósofos de la talla de Rousseau criticaron su uso sin ningún éxito.
“No es agradable ver una mujer cortada en dos como una avispa: eso choca a la vista y hace sufrir a la imaginación. La finura del talle tiene, como todo lo demás, sus proporciones, su medida […] Cuanto constriñe y molesta a la naturaleza es de mal gusto”.*
 
* Jean Jacques Roussau. Émile ou De l’éducation.