Antes del proceso de industrialización, los recursos naturales se aprovechaban y transformaban en instalaciones de diferente tipo que respondían a las necesidades de la comunidad. Muchos de estos espacios eran además lugares de encuentro e intercambio social.
Los oficios tradicionales, basados en saberes transmitidos de generación en generación, fueron esenciales para el bienestar de la comunidad y el enriquecimiento de las élites. Los molinos convertían el grano en harina; las ferrerías fundían el mineral de hierro, transformado posteriormente en herramientas y piezas artísticas en las forjas; las cererías y confiterías elaboraban
velas y dulces.
Estos productos abastecían a la comunidad, al tiempo que se integraban en redes comerciales más amplias. El comercio local se desarrollaba en mercados y tiendas, mientras que los almacenes y puertos facilitaban el intercambio con otros territorios, mostrando cómo la economía preindustrial combinaba producción, oficio y comercio.